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Noticias VR | El 9 de septiembre de 2024, en el Hospital Nacional de San Benito, Petén, se redactó el acta de defunción de Caroline Amire Buckley Chamalé, una niña de tan solo cinco años cuya corta vida fue truncada, no por la enfermedad que la aquejaba, sino por la falta de compromiso y la negligencia abrumadora del personal médico que la atendió. El documento, firmado por la doctora Dicse Vega Gómez a las 8:20 de la mañana, citaba como causa de muerte un “síndrome de insuficiencia respiratoria aguda, derrame pleural derecho, neumonía” y palabras ilegibles que parecen más bien un intento de encubrir la verdadera causa. A esto se le agregó de manera alarmante “dengue grave” como otra patología significativa, pero en el informe se intentó minimizar su relación con la enfermedad que llevó a Caroline a la muerte.

¿Dónde estaba el juramento hipocrático de salvar vidas cuando la pequeña Caroline fue tratada con desdén desde el primer momento en que sus padres, Alberto Buckley y Cecilia Chamalé, la llevaron al hospital? Su historia es una desgarradora evidencia de cómo los médicos y personal de salud de este hospital, que deberían ser protectores de la vida, demostraron un desprecio inhumano por la salud de una niña que dependía de ellos para sobrevivir.

El principio del descuido: un simple resfriado

El 27 de agosto de 2024, Caroline fue llevada a la sala de emergencias del Hospital Nacional de San Benito Petén a las 6:30 de la mañana. La niña presentaba fiebre alta, tos y síntomas que claramente alarmaron a sus padres. Pero, ¿qué sucedió en el hospital? En lugar de recibir la atención inmediata y profesional que su estado demandaba, se enfrentaron a la cruda realidad de que no había médicos disponibles a esa hora. Solo estaban las enfermeras, quienes se limitaron a poner paños húmedos en la niña para bajar la fiebre, como si con ello pudieran ignorar la gravedad del caso. Cuando finalmente apareció un médico, más de una hora después, lo único que recibió Caroline fue acetaminofén para bajar la fiebre, y una evaluación superficial que concluyó que solo tenía “un resfriado común”.

¿Cómo es posible que, con una temperatura de 39.8°C y el evidente malestar que la niña presentaba, los médicos no tomaran en serio los signos de una posible complicación? A pesar de que los padres insistieron en que el corazón de su hija estaba acelerado, los médicos ignoraron sus preocupaciones, les dieron un jarabe para la tos y los enviaron de vuelta a casa, asegurando que era algo menor.

El dolor de la indiferencia: “vuelva en tres días”

Horas después de ser enviada a casa, Caroline seguía mostrando los mismos síntomas alarmantes. El martes 27 de agosto fue llevada nuevamente al hospital, solo para encontrarse con más indiferencia. Las enfermeras, con una frialdad que resulta chocante, les dijeron que era innecesario regresar, ya que el efecto de los medicamentos podría tardar tres días. ¿Cómo puede el personal médico desestimar así la preocupación de unos padres desesperados que ven a su hija empeorar frente a sus ojos?

Fue un estudiante de medicina, no un médico titular, quien sugirió que Caroline podría tener dengue y estar deshidratada. A partir de ahí, el personal médico finalmente ordenó pruebas y descubrieron que las plaquetas de la niña estaban peligrosamente bajas. Pero, increíblemente, el médico de turno decidió darla de alta nuevamente, argumentando que Caroline solo había vomitado una vez y que su condición no ameritaba mayor atención. Otro día más sin la atención adecuada.

La espiral de la negligencia

Para el 29 de agosto, Caroline ya mostraba signos de un empeoramiento alarmante: estaba vomitando sangre, y su estado de salud era visiblemente peor. Aun así, los médicos del hospital siguieron menospreciando la gravedad de su situación. Fue otro médico quien finalmente admitió que Caroline debió haber sido ingresada desde el primer momento y que la niña estaba en estado grave. Pero para entonces ya era demasiado tarde. Los doctores, en una jugada desesperada para remediar su negligencia, decidieron ingresarla, pero no por la urgencia de su estado, sino porque al día siguiente habría asueto, y no querían complicaciones durante el fin de semana.

Durante ocho días, los padres de Caroline fueron testigos de cómo el sistema de salud la abandonaba, de cómo los médicos, con una negligencia inexcusable, ignoraban los signos de alarma que día tras día empeoraban. La pequeña fue ingresada a cuidados intensivos, con oxígeno, después de desarrollar un derrame pleural. Pero el daño ya estaba hecho. La atención tardía y las decisiones erróneas llevaron a que Caroline sucumbiera a una combinación de neumonía, dengue y complicaciones respiratorias que, en las manos correctas y con una intervención oportuna, podrían haber sido tratadas a tiempo.

La última esperanza, convertida en dolor

El lunes 9 de septiembre, la niña falleció tras un largo calvario de negligencia. Sus padres, desgarrados por el dolor, tuvieron que escuchar cómo diferentes médicos se contradecían, diagnosticando erróneamente primero un derrame pleural, luego una parálisis diafragmática y finalmente una neumonía atípica. Cada diagnóstico llegaba tarde, cuando ya poco o nada se podía hacer.

Durante todo el proceso, la familia de Caroline no solo enfrentó la indiferencia médica, sino también la precariedad de un sistema que les negó el acceso a una ambulancia para trasladar a su hija a un centro privado para realizarse un ultrasonido urgente, aduciendo que no cumplían con los requisitos del hospital. ¿Cómo es posible que un hospital público niegue una ambulancia a una niña que luchaba por su vida? Esta decisión inhumana contribuyó a que la salud de Caroline se deteriorara aún más.

Cuando finalmente lograron hacerle el ultrasonido, el daño era irreparable: la pequeña sufría de insuficiencia renal, su corazón estaba fallando y su pulmón derecho estaba lleno de líquido. A pesar de todo esto, los médicos aún tardaron en actuar, y cuando lo hicieron, fue demasiado tarde. Caroline falleció en la madrugada del 9 de septiembre, dejando a sus padres devastados y con una amarga sensación de que todo podría haberse evitado.

¿Justicia para Caroline?

El caso de Caroline Buckley no es un incidente aislado, sino el reflejo de una crisis profunda en el sistema de salud de Guatemala, donde la negligencia y la indiferencia del personal médico parecen haberse convertido en la norma. Ante esta tragedia, los padres de la niña han presentado denuncias ante el Ministerio Público y la Procuraduría de los Derechos Humanos, exigiendo justicia para su hija y responsabilizando a los médicos que, con su negligencia, la dejaron morir.

La pregunta que queda en el aire es: ¿cuántas vidas más se perderán antes de que el sistema de salud y sus responsables asuman la gravedad de sus errores?

Por Noticias VR

Medio de comunicación en Guatemala

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